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martes, 9 de octubre de 2012

O POTE DE ACEITE - CONTO


EL POTE DE ACEITE
CONTO

     Estaba un labrador en la Fraga. Había comenzado a cortar un gran castaño para sacar una viga que necesitaba para hacer la casa de su hijo, cuando de repente se le apareció un mouro (mago). Se asustó y agarró con fuerza el hacha para defenderse, aunque no sabía a ciencia cierta a que vendría aquella visión. Se puso a rezar un responso que su abuela le había enseñado por si se le presentaba una ocasión como esta. Permaneció quieto esperando que el mouro tomara la iniciativa, pero su nerviosismo aumentaba, le sudaban las manos y la espalda, y notaba el calor que provoca el miedo en su cara. No sabía que hacer y por fin se atrevió a hablarle al mouro.

     - ¿Que desea el Señor?.

     El mouro seguía callado mirándole fijamente a los ojos, sin decir nada.

     El temor empezó a invadirle, le temblaban las manos y esto hacía temblar el hacha que a duras penas sostenía, le daba la impresión de que el mouro estaba leyéndole la mente, tan fijamente le miraba a los ojos. Ya había repetido varias veces el responso de la abuela, pero la situación no mejoraba. Entonces el mouro habló, mientras señalaba con la vista al castaño.

     -¿Porqué cortas mi árbol?.

     El labrador quedó desconcertado. 

     - Señor, este árbol está en mi finca y lo he cuidado desde hace muchos años para que su leña sirva para hacer una casa, ahora necesito una viga para construir la casa de mi hijo y por eso lo estoy cortando.

     - Tu lo quieres para hacer una casa, pero él, es mi casa. ¿Es que quieres dejarme sin mi casa?.

     Nunca había oído que los mouros vivieran en castaños. Se decía que vivían en cuevas debajo de la tierra, o en ríos, o en fuentes, o incluso en lagos, pero no en los castaños.

     - Señor. Esta es mi tierra, la heredé de mis antepasados. El castaño esta en mi tierra y por ello creo Señor que tengo derecho a cortarlo pues con ello hago un beneficio a mi hijo y a su familia. Y yo Señor, no veo vuestra casa sobre él.

     - Mi casa esta debajo de él, respondió el mouro con cierta indignación. Si lo cortas no podré seguir viviendo en ella, yo también heredé esta casa y esta tierra de mis antepasados. Mientras pronunciaba estas últimas palabras se estiraba y parecía como si creciera, como si se hiciera más grande, no se puede decir si con ánimo de asustar o como consecuencia del orgullo que le producía hablar de su propiedad.


     Se hizo un espeso silencio, solo se oía a lo lejos el rumor del río Navea. El labrador dejó en el suelo el hacha y bajando la mirada se puso a pensar en esta extraña y para él asombrosa situación. Estaba hablando con un mouro que le decía que él estaba destruyendo su casa. Que hacer. Se sentó en la hierba cabizbajo mirando a la fraga del otro lado del río. El mouro se sentó también pero parecía como si estuviera sentado en el mismo aire en vez de en la tierra.

     - Señor, soy pobre y no tengo dinero para comprarle una viga a mi hijo para que pueda hacer su casa. Este castaño nos iba a dar la viga maestra. ¿Que puedo hacer Señor?.

     - Te propongo un trato, dijo el mouro con aire sublime. Si no cortas este castaño que es mi casa, yo te daré a cambio un pote de aceite.



     El labrador tras la sorpresa inicial ante tan extraña propuesta, hecho cuentas y estaba claro, un pote, por muy grande que fuera, y por muy buen aceite que tuviera, no era suficiente para comprar una viga maestra.

     - Entendedme Señor que yo no quiero destruir vuestra casa, pero con un pote de aceite yo no podré comprar una viga para construir la de mi hijo.

     Se hizo un silencio que duró una eternidad. Por fin el mouro lo rompió.

     - Te propongo que no cortes mi castaño a cambio de un pote de aceite ... que nunca se acaba.

     El labrador levantó la cabeza mirando fijamente al mouro, que seguía con su semblante altivo sentado en el aire. A la vista de la cara de duda que el labrador ponía, siguió hablando solemnemente.

     - En tu bodega tienes un pote viejo que no usas porque le falta una pata.

     El labrador le miraba embobado. ¿Como sabía lo del pote sin pata?.

     - Llénalo de aceite, del mejor que encuentres y déjalo así una noche. Al día siguiente puedes comenzar a sacar aceite del pote. Pero nunca lo dejes vacío, siempre debes dejar medio pote de aceite para que durante la noche pueda medrar de nuevo. A la mañana siguiente volverá a estar lleno. Puedes retirar aceite cada día, pero te lo advierto, si el pote se vacía, no podrá medrar aceite ... nunca más. Podrás pasar en herencia este pote a tus hijos y a los hijos de tus hijos. Mientras este castaño siga vivo, y cumplas tu y tus herederos con lo que te he dicho, cada amanecer estará lleno de aceite.



     El mouro desapareció. El labrador quedó ensimismado intentando creer lo que acababa de oír. Comenzó a dudar. ¿Que estaba pasando?. Era un sueño, un encantamiento, o realmente había estado hablando con un mouro. Cogió sus cosas y se fue a casa. Aunque desconcertado y desconfiando, hizo lo que le había dicho. Limpió el viejo pote, y lo llenó del mejor aceite del Bibei que pudo encontrar. Eso si, todo lo hizo a escondidas de la familia ... pues no las tenía todas consigo.

     La primera noche que dejo el pote lleno, no pudo dormir. Al amanecer y siguiendo escrupulosamente las instrucciones del mouro, sacó la mitad del aceite del pote. Durante el día estaba muy nervioso y el no haber dormido le hizo mostrarse irascible, su familia viéndole tan extraño le preguntaban, pero él no tenía respuestas lo que le enfadaba más todavía. Se fue a la Fraga sin el hacha y se sentó al pie del castaño, esperando ... no sabía a qué ni a quién, quizás esperando a que apareciera de nuevo el mouro y así confirmar que no se estaba volviendo loco, pues el cansancio y el sueño ya hacían mella en él.



     Se quedó dormido. Le despertaron los lametazos de su perro, que fue el primero en llegar cuando su familia ya entrada la noche y al no regresar a casa salieron a buscarle preocupados. Regresó con ellos a casa sin poderles dar una explicación coherente de lo que le estaba sucediendo. Tampoco esta noche podía dormir. ¿Estaría medrando realmente el aceite?. ¿No sería que había comido algo nefasto que le turbaba el entendimiento?. ¿Habló realmente con un mouro?. 
 
     ¿Existen los mouros? ... tuvo toda la noche para pensar pues el sueño no le llegaba, pero por fin se quedo traspuesto y al amanecer el canto del gallo le despertó.
 
     Salto de la cama sobresaltado y fue corriendo a la bodega. Al golpeteo rítmico de sus pies desnudos bajando apresuradamente los peldaños de madera de la escalera, siguió el silencio ... y luego ... un grito. 
 
     - Cheo (lleno).

     No, desde luego no estaba loco, el aceite estaba allí. Todo era cierto, el mouro existía. Así pues, había un trato y había que cumplirlo.

     El labrador lo mantuvo en el mayor de los secretos, ni su familia lo sabía. Todos los días recogía la mitad del aceite del pote y se dedicaba a venderlo por los pueblos de los alrededores. Pudo comprar la viga para su hijo, y no solo eso sino que desde entonces con ese tesoro en casa toda su familia pudo vivir mucho mejor y además era un primor ver la cantidad de lamparas de aceite que había puesto en la vieja y hasta entonces oscura iglesia de su pueblo. Cada semana iba a ver al castaño para asegurarse de que estaba bien, se sentaba y hablaba, hablaba como si tuviera al mouro delante, se dirigía a él con el respeto que se tiene a un amigo que te hace un favor. Nunca volvió a verlo, pero él estaba seguro de que estaba allí, pues el pote del aceite seguía respondiendo a aquel mágico trato.





XOAN ARCO DA VELLA

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